Torres del Paine 1979
viernes, 26 de junio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
domingo, 21 de junio de 2015
martes, 24 de marzo de 2015
AMERINDIO SE FUE AL CONGO
Al menos finalmente había perfeccionado el sonido de
su nombre recientemente escogido. Resultó del
sonido que había oído en una canción que brotaba de un artefacto :“Amerindio
a mí me dicen, porque vivo en las alturas”. El nombre sonaba bonito, y a
las alturas él le confería un significado especial.
Había logrado la obtención de una forma humana
completa y ningún detalle visible podría
delatar su forma no terrestre, como le había sucedido en varias ocasiones.
Había cometido errores y obtenido como resultado todo tipo de pésimas
impresiones en las personas que encontraba en su camino. Como aquella vez en
que se había desnudado frente a una mujer, por solicitud de las circunstancias. En ese entonces, aún omitía, por inexperiencia,
el detalle de la prolongación musculosa que poseen los hombres entre las
piernas. Como esa parte no la conocía había dejado sin transformar en anatomía
humana su forma original, esférica y cristalina, con la radiación verdosa-
iridiscente propia de su juventud. Esto había provocado el desmayo en la mujer,
además de un grito histérico que por poco le acarrea problemas serios con el
resto de la gente que bailaba en la casa, si no hubiese sido por su rápida
reacción que le permitió desmaterializarse a tiempo.
Iba en esas
reflexiones, cuando se encontró con un
circo que estaba instalando un grupo de personas muy agitadamente. Se acercó a
observar el ajetreo febril de la gente, muy ocupada con los preparativos
previos a la función. Una mujer barbuda chocó con él y lo insultó con palabras
raras por andar “pajareando” y otros
términos confusos. Quedó un tanto
extrañado por los insultos, pero la barba de la mujer le resultó aún más
extraña, por no estar en sus archivos
semejante caso.
Un tipo
pequeñito y cabezón con zapatos largos, nariz roja y pelo rojo, que se estaba
vistiendo con una chaqueta amarilla con
lunares azules, le pareció demasiado raro.
Tanto así que se detuvo a observarlo, mientras el pequeño hombre se
pintaba en la cara una amplia sonrisa con pintura blanca. A Amerindio esto le
estaba pareciendo buena idea, ya que notaba que cuando él se reía nadie se daba cuenta que se estaba riendo.
Era muy difícil dominar este cuerpo que se había construido usando su poder de
transformación. El enano se dio cuenta que era observado, se enojó y le dijo unas
cuantas palabras raras; esta vez
acompañadas con un saludo que él ya conocía, por lo que Amerindio, amablemente,
le devolvió el saludo con el puño cerrado y el dedo levantado.
Un pavoroso gruñido justo a sus espaldas lo hizo
voltearse con estupor. Nunca se había sorprendido tanto. Un enorme hombre
peludo estaba encerrado en una jaula, tenía una cabezota negra descomunal y una
boca con dientes desproporcionados. Estaba furioso. Amerindio se percató que no
usaba la ropa que todos usaban. Estaba sin ropa en realidad, pero tenía el
cuerpo cubierto de gruesos pelos negros y en la espalda una mancha de pelaje
plateado. Amerindio se acercó al peludo y le hizo varias preguntas, sobre su
aspecto y la razón de su encierro. En
lugar de responder con palabras, el gigante repitió el anterior gruñido, pero
esta vez tomando los barrotes con violencia y sacudiendo como catre de novios
la jaula con ruedas. Sin embargo, Amerindio se las arregló para comunicarse y conversar
con él.
-
¿Qué pasa contigo?, ¿Porqué estas encerrado, hombre peludo?- preguntó
Amerindio.
-
No soy hombre, ¿Qué no lo ves? , ellos me dicen gorila.
-
¿Quiénes son ellos?
-
¡Ellos!, los humanos. Y tú no pareces humano, porque hasta ahora ellos
nunca me han entendido, por más que me esfuerzo. Me tienen enjaulado y todos
los días me clavan una espina metálica en el trasero para dejarme medio
estúpido y sin fuerzas. Entonces llega aquel hombrecillo de aspecto absurdo que
viste ahí, me ata una cadena al cuello, me pasea frente a muchos otros humanos
que vienen a mirarme, me tortura con todo tipo de bromas tontas y después me
encierra de nuevo. Ayer me dio una patada en el trasero.
-
¡Es un abuso! – Exclamó Amerindio, muy molesto con el enano de risa
pintada.
-
Estoy desesperado y solitario-continuó diciendo tristemente el gorila-
estos peladitos nunca me entenderán y nunca me dejarán volver junto a mi
manada. Sueño todos los días que me voy volando de aquí...- El gorila soltó los
barrotes y se fue a llorar a un rincón de la jaula.
-
¡Hummm! – Dijo Amerindio y luego se sumió en un profundo silencio. Se
alejó de la jaula cavilando. Súbitamente, tomó una decisión. Usaría su poder de
transformación nuevamente...
Amerindio, una
vez transformado, regresó a la jaula del gorila. El animal, al verlo, ni
siquiera pudo emitir un gruñido por la sorpresa.
El enano del
circo, a la hora de la función, fue a
buscar al gorila a su jaula. Abrió el pesado cerrojo de fierro y... casi se orinó
en los ridículos pantalones, pues el gorila no estaba. Muy asustado corrió a
dar el aviso, pero se fue de bruces al enredarse con las ropas de Amerindio,
que habían quedado amontonadas en el
suelo.
II
Atardecía en las montañas del
Congo, los gorilas preparaban con hojas y ramas tiernas sus lechos para pasar
la noche. La manada estaba reconstituida: el gran lomo plateado había regreso. Estaban
en paz, sus rugidos de lamento ya no se escuchaban cada día entre los
follajes verde oscuros de la selva africana.
Amerindio,
sentado sobre un alto peñasco, recorría el valle con sus grandes ojos oscuros.
Los últimos tonos rojizos del crepúsculo se reflejaban con brillos iridiscentes
en el pelaje plateado de su lomo. Su amigo, antes de echarse sobre el lecho de
hojas junto a su hembra y sus cachorros, le envió un cálido rugido de saludo y
agradecimiento. Amerindio movió una oreja, ya que era así como sonreía.
Los humanos,
pensaba Amerindio, son absurdos en realidad. Pero, aún así, los recordaba con un pequeño aleteo de nostalgia en uno de
sus corazones. Lo había pasado bien con ellos. Sobre todo cuando supo utilizar
el extraño y complicado apéndice corporal de entre las piernas. Incluso
sobrepasó el alcance humano de su uso y le sirvió para viajar momentáneamente a
galaxias desconocidas… Bueno, todavía lo tenía disponible también en su forma
de simio y al parecer acá le serviría también, a juzgar por lo que había
observado hacer a sus nuevos congéneres. Sólo tenía que aprender a conseguir la
pareja, ya que entre los simios la conducta no era idéntica a la de los
humanos, aunque similar.
Quizá algún día antes de ser rescatado
volvería a despedirse de los humanos y a compartir un poco con ellos; ya
buscaría la forma. Los extrañaba. Mientras tanto, tenía mucho que aprender, y
había tantas nuevas formas que podía adquirir. La selva tenía gran variedad de
especies.
Casi sin
proponérselo, al caer el sol, el nuevo gran lomo plateado de la selva virgen
del Congo, no pudo contenerse y desde el fondo del pecho le brotó un majestuoso
e inesperado rugido. Fue como un trueno que salió de su garganta. El sonido
echó a volar del susto a una bandada de garzas blancas que salpicaban de blanco
los frondosos follajes de los árboles. Su propio rugido, en la boca del eco,
regresó a él al cabo de un instante, llenándolo de un extraño orgullo
salvaje. Algo que los humanos –
pensó- jamás comprenderían.
(continuará)
SEÑOR DOLOR
Mariposa:
No me espante por favor
no
me diga usted adiós
Caballero
del Dolor
no
abandone usted su flor
su
perfume, su color
Señor Dolor:
Mariposa eres el sol
no
te puedo ni mirar
mariposa
eres amor
no
te puedo atrapar
déjame
solo andar
Mariposa:
Pero mire usted
sólo
tiene que
dejar
la vida ser,
dejar
la vida ser.
Sus
alas son para volar
sus
labios son para besar
sus
brazos para abrazar
sus
ojos pa’ contemplar
y
su corazón amar
No
me espante por favor
mis
alas son la libertad
no
me diga usted adiós
no
abandone usted la flor
su
perfume y su color.lunes, 23 de marzo de 2015
MENTE
La Mente, siempre viva
se desplaza como el viento,
tocando delicadamente los
cuerpos,
deslizándose por las vías libres
como río suelto por las calles.
Abandonando lo tapado,
lo
ocupado,
rozando por
encima
lo demasiado sólido.
Donde le son dadas abiertas vías
echa a correr
y adquiere alegría
cual carrera de caballo libre,
trayendo mensajes del espíritu,
el cual
donde es, se crea
y se levanta, llevando todo consigo.
Donde los caminos son insignificantes,
la
mente
no pasa de largo,
empujada por la fuerza
incesante de sí misma.
Donde
los caminos son apenas insinuados,
como la huella de la mariposa por el
aire,
la mente realiza su misteriosa paradoja
de lo inmensamente fuerte
contenido en lo débil;
paradoja de lo que es casi nada y casi todo
simultáneamente:
Una gota de agua
representando todo
el
océano.
Aborda, la mente,
aquellos caminos pobres
apenas notorios
no para tornarse algo superior, puesto que sólo es,
sino para
ser en todo camino
ella misma.
Y así, al recibir mente
los
apenas insinuados caminos,
se unen a ella al instante
como esa forma viva del agua corriente,
la que lleva al agua, no el agua
la forma viva que la arrastra,
y que la libera de pronto
de los dominios terrestres.
Mente,
Elemento vivo,
cual agua de impulso propio ,
ensimismada
por sobre la tierra plana.
Al menor declive
se te agudiza un ojo
acaracolado
y te surge un fluido tentáculo,
Todo lo propenso se te entrega
y lo captas
y es llevado en la nada
hacia todos los dominios
domingo, 22 de marzo de 2015
VIAJE A GÉNESIS
Un errante jinete y su corcel se
desplazan penosamente. El terreno es agreste. Sobre ellos una bandada de buitres los acecha. El
hombre, cansado, agobiado, tras haber
recorrido una larga ruta, no se había detenido a descansar realmente desde que
había salido del pueblo de Nacimiento, en el extremo del mundo. Su caballo no
había parado lo suficiente para recuperar energía. Habían recorrido muchos
pueblos y salido de ellos rápidamente, sin que nada significativo, ni alegría
alguna hubiese iluminado al jinete. Sin
embargo una vez, en un pueblo pintoresco llamado Infancia, había disfrutado mucho
del vivir, porque había allí frondosos árboles frutales, que daban grata
sombra, además de variados frutos, que él solía comer con regocijo. En la brisa
de Infancia, casi siempre flotaban risas,
y palabras melodiosas llegaban con frecuencia a sus oídos. Había también en
Infancia un arroyuelo que se llamaba Cariño, donde podía bañarse y refrescarse
cuando el aire del ambiente se tornaba seco y caluroso. Pero su caminata debía seguir; sentía eso, como
también sentía que todos los recuerdos de los pueblos que iba conociendo: las
añoranzas, las vivencias, bellas,
extrañas o ingratas, tenía que guardarlas en sus alforjas y seguir cabalgando.
Echaba mano a estas provisiones cuando le parecía que era importante
consumirlas, o solamente mirarlas, o darlas
a alguien como regalo.
Ahora, el caballo iba al paso, distraído,
el jinete no lo guiaba, su mente estaba atrapada por el sufrimiento y las vicisitudes
de una extraña cabalgata. Este día había sido especialmente difícil, ya que el
caballo, en un determinado momento, fue atraído por una pradera, que a la
distancia le pareció apetitosa, plena de abundantes hierbas frescas.
Ciertamente, encontraría también una vertiente de agua fresca, para saciar el hambre y la sed. De tal manera que, aunque
el jinete no intervino un ápice, el malogrado caballo, que había estado
resistiendo durante largo trayecto la falta de agua y alimento, echó a correr a
toda velocidad, entrando a la pradera como un bólido. Pero era una ilusión, un
error de percepción del agotado caballo. Lo que parecía un oasis de fresca y
verde hierba, resultó ser un extenso pantano, de aguas estancadas y fétidas,
donde el caballo pasó terribles sufrimientos para poder salir
una vez que se sumergió en él. Las alimañas ocultas bajo el lodo
hediondo le mordían las patas, y enormes y grotescas sanguijuelas le
succionaban la sangre, produciéndole un atroz padecimiento. Con un esfuerzo
agónico, el caballo finalmente se desprendió de esa oscura fuerza que le
tragaba su energía y que por poco lo aniquila. Entonces, el caballo buscó
alguna otra senda por donde continuar caminando, sin tener claridad alguna, ni
comprensión, de hacia donde debía ir.
El jinete, que había sufrido también grandes
penurias sobre el lomo del animal cuando éste se debatía tratando de
desprenderse de la fuerza oscura de la ciénaga, se acomodó nuevamente para
continuar el viaje. Pero como no entendía el significado verdadero de cabalgar, no se preocupaba de
las riendas para dirigir a su bestia, dejándolas inertes, sueltas sobre el
cuello del corcel.
El
caballo, sin la visión ni la dirección del jinete, se dedicaba a veces a comer
algo de pasto que encontraba al lado de alguna roca o en lo alto de algún
barranco. Como nadie lo dirigía, no se preocupaba del tiempo que perdía ni del
destino del viaje. El jinete, por una extraña y misteriosa causa, no discernía;
soportaba estoicamente las decisiones
del caballo y pasaba largas horas con el sol golpeándole con despiadado calor,
su espalda, su cabeza, su cuello y, además, con el hambre y la sed carcomiéndole
las entrañas. Se distraía pensando, recordando, rescatando imágenes agradables
del pasado. Las que ya habían muerto, pero que él sentía como vivas. Miraba
pasar los buitres volando sobre su cabeza y pensaba que eran adorables, con sus
vibrantes plumajes oscuros recortados ante un telón azul profundo de cielo. Guardaría
también esas imágenes para transformarlas en un interesante relato cuando
encontrara a alguien dispuesto a escucharlo. Aunque, en realidad, aquellos pájaros
carroñeros esperaban el momento en que el jinete se desplomara a tierra,
desfallecido de hambre, sed y debilidad.
Esperaban que se transformara pronto en
blando cadáver, para poder alimentarse de su carne.
Cuando el caballo subió sobre un barranco
de rocas para engullir las hojas de un arbusto espinoso, divisó de repente un camino muy transitado al
medio de un desfiladero profundo en la lejanía. Después de comerse todas las
hojas de la planta, bajó del barranco rocoso y se dirigió decididamente hacia
el camino recién descubierto. Sólo entonces, el jinete también lo vio. Pensó en
otros caminos que había visto anteriormente, en otros momentos de su viaje, y
le pareció que era un camino seguro, por el cual él también podría transitar y llegar a algún
destino que le iba a satisfacer alcanzarlo.
Al cabo de un rato, el caballo comenzó a divagar, pues el camino no era
un lugar plácido, espacioso. Muy pronto se encontraron en medio de mucho
movimiento, de otros viajeros que se dirigían a muchos lugares por el mismo y
por nuevos caminos, que iban surgiendo cada cierta distancia.
Entraron a un pueblo que se
llamaba Angustia, del que por poco no pudieron salir, pues estaba inmerso en
una espesa niebla y nadie sabía allí por donde andar y a cada instante se
golpeaban la frente con paredes invisibles. Sin mucha claridad, el caballo se alejó de
este y de todos los pueblos a los que entraban. Eran casi siempre
brumosos, hostiles o abandonados. Muchas veces la cabalgata cruzaba páramos
agrestes y desiertos calcinantes. El hombre, cada vez pensaba más firmemente
cómo podría lograr que el caballo atinara a ir por algún lugar nuevo, que
le deparara un mejor pasar, y hasta se
imaginaba que era cierto que existía aquel pueblo magnífico que alguien le dijo
que estaba demasiado lejos y era demasiado difícil llegar a él. Un pueblo
antiguo que se llamaba Paz, pero él no sabía el verdadero modo de cabalgar, de
ser jinete, y nunca llegaba donde tanto
deseaba estar.
El caballo, en cierto momento y, casi al
final de un camino incierto, se detuvo, indeciso, sin saber qué dirección
tomar, pues varios otros caminos surgían de un mismo punto, finalmente se detuvo,
giró pesadamente su cabeza y con enormes ojos oscuros y brillantes de
desesperación miró al hombre que pasivamente ocupaba su lomo. Tal fue la magnitud de su incertidumbre que
no pudo seguir andando y se echó sobre
la tierra caliente del camino. Al cabo de algunas horas, el hombre se asustó
verdaderamente, ya que el caballo parecía que se iba a morir y él no se atrevía
a bajarse de su montura para enfrentar solo las enormes distancias que debía
recorrer. La situación se tornó crítica cuando uno de los buitres atacó decididamente a su caballo. El
carroñero, parándose sobre sus ancas, comenzó a darle de picotazos,
arrancándole algo de cuero y hasta trozos de carne. El hombre quiso espantar al
buitre, pero se percató que casi no tenía fuerza en sus brazos y no logró un
movimiento suficiente para asustar al ave. En eso, otros buitres se acercaron
volando hacia ellos con sigilo, pero a una alarmante velocidad. Otro de los
buitres se posó sobre su espalda y de un picotazo feroz le arrancó parte de la
piel del cuello. El dolor que sintió no fue tan grande como el sentimiento
extraño que lo envolvió cuando se dio cuenta que a su lado había un letrero con
el nombre del próximo pueblo. Se llamaba “Podredumbre”. Entonces, comprendió
instantáneamente todo su padecimiento y la situación absurda y peligrosa en la
que se encontraba. Su brazo derecho
todavía poseía algo de energía y pudo aferrar con fuerza las riendas de su
caballo, mientras que con la mano izquierda daba un fuerte empujón al buitre
que se había posado en su espalda. El caballo, por primera vez percibió que una fuerza inteligente surgía de su jinete
y se enderezó. Una corriente de energía llegó hasta su corazón y dio un
relincho agudo que se fue rebotando por las paredes de los acantilados, al tiempo
que se paraba de un salto. Con la cola espantó al buitre antes que diera otro
picotazo en sus ancas y esperó con entusiasmo que su jinete le indicara qué
hacer. El jinete, percibió a su vez la nueva fuerza que nacía de su caballo,
mientras sus ojos cansados y polvorientos comenzaban a buscar nuevos
derroteros. Se limpió los ojos con el
dorso de una mano y no tardó en encontrar una salida del estrecho camino y,
tomando las riendas con sus dos manos, le ordenó a su caballo que cambiara el
rumbo. Giró las riendas con determinación y se aventuró por un amplio
desfiladero que no había visto hasta entonces.
El
caballo, de pronto, obedeciendo a su jinete que lo apuró, apretando los talones
en sus costillas, se puso a galopar y luego a correr. El aire era más fresco al
ir a mayor velocidad y el jinete y su corcel comenzaban por vez primera a
disfrutar de una carrera alocada, vertiginosa, pero guiada por manos firmes
esta vez. Pasaron de un salto unas rocas que anteriormente el caballo ni
hubiese intentado pasar y siguieron corriendo, sin alcanzar a leer el texto de
un letrero que anunciaba el nombre del siguiente pueblo.
A partir del momento en que el hombre se
había dado cuenta de su función como jinete, todo fue distinto. Descubría los
mejores terrenos por donde avanzar y hacia allá dirigía su caballo. Reconocía
las señales que le permitían hallar las vertientes de agua fresca sin
dificultad alguna; podía observar como florecían las plantas; solía ver nacer
avecillas en sus nidos; percibía las diferentes melodías del viento; se
regocijaba cuando se encontraba con animales silvestres, con los que
intercambiaba largas miradas de amistad. De pronto, se acordó del letrero que
no había leído cuando pasaron galopando felices con su caballo. Al verlo, había
creído que entrarían a otro pueblo, pero aconteció que ningún otro pueblo
apareció en su viaje, tampoco caminos ni huellas. Había llegado a un territorio
nuevo, donde todo surgía ante él con un
significado nuevo, maravilloso, porque estaba creándose en ese mismo
instante.
Los buitres, que habían quedado muy
atrás, sorprendidos del cambio repentino en la conducta de sus futuras fuentes de
alimento, habían tratado de seguirlos
volando, pero cuando llegaron hasta el letrero que el jinete no había leído, se
cansaron de seguirlos. Uno de ellos se posó sobre el letrero, que decía
“Génesis”.
El jinete, no tardó en percatarse que de
pronto no tenía sentido ir por algún camino, ni deseaba ir a buscar otros
pueblos por caminos difíciles. Percibió que ya no necesitaba seguir cabalgando
en su agotado caballo. Tiró suavemente de las riendas, sólo para que el caballo
supiera que debía detenerse. Se bajó ágilmente y se palpó ambas piernas, se
sobó la mano en la que traía la rienda y se quedó mirando largo rato los ojos
de su caballo.
-
Bueno, “Pensamiento” – le dijo el hombre al
caballo- ahora seguiremos solos nuestro
destino, venga un abrazo y… ¡que te vaya bien!.
El caballo, que no entendía
las palabras, sintió ese fuerte abrazo y entendió - a su manera- despidiéndose
en silencio.
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