domingo, 22 de marzo de 2015

VIAJE A GÉNESIS

                        
            




         Un errante jinete y su corcel se desplazan penosamente. El terreno es agreste. Sobre ellos una bandada de buitres los acecha. El hombre,  cansado, agobiado, tras haber recorrido una larga ruta, no se había detenido a descansar realmente desde que había salido del pueblo de Nacimiento, en el extremo del mundo. Su caballo no había parado lo suficiente para recuperar energía. Habían recorrido muchos pueblos y salido de ellos rápidamente, sin que nada significativo, ni alegría alguna hubiese iluminado al  jinete. Sin embargo una vez, en un pueblo pintoresco llamado Infancia, había disfrutado mucho del vivir, porque había allí frondosos árboles frutales, que daban grata sombra, además de variados frutos, que él solía comer con regocijo. En la brisa de Infancia, casi siempre  flotaban risas, y palabras melodiosas llegaban con frecuencia a sus oídos. Había también en Infancia un arroyuelo que se llamaba Cariño, donde podía bañarse y refrescarse cuando el aire del ambiente se tornaba seco y caluroso. Pero  su caminata debía seguir; sentía eso, como también sentía que todos los recuerdos de los pueblos que iba conociendo: las añoranzas, las vivencias,  bellas, extrañas o ingratas, tenía que guardarlas en sus alforjas y seguir cabalgando. Echaba mano a estas provisiones cuando le parecía que era importante consumirlas, o  solamente mirarlas, o darlas a alguien como regalo.
     Ahora, el caballo iba al paso, distraído, el jinete no lo guiaba, su mente estaba atrapada por el sufrimiento y las vicisitudes de una extraña cabalgata. Este día había sido especialmente difícil, ya que el caballo, en un determinado momento, fue atraído por una pradera, que a la distancia le pareció apetitosa, plena de abundantes hierbas frescas. Ciertamente, encontraría también una vertiente de agua fresca, para saciar  el hambre y la sed. De tal manera que, aunque el jinete no intervino un ápice, el malogrado caballo, que había estado resistiendo durante largo trayecto la falta de agua y alimento, echó a correr a toda velocidad, entrando a la pradera como un bólido. Pero era una ilusión, un error de percepción del agotado caballo. Lo que parecía un oasis de fresca y verde hierba, resultó ser un extenso pantano, de aguas estancadas y fétidas, donde el caballo pasó terribles sufrimientos para poder  salir  una vez que se sumergió en él. Las alimañas ocultas bajo el lodo hediondo le mordían las patas, y enormes y grotescas sanguijuelas le succionaban la sangre, produciéndole un atroz padecimiento. Con un esfuerzo agónico, el caballo finalmente se desprendió de esa oscura fuerza que le tragaba su energía y que por poco lo aniquila. Entonces, el caballo buscó alguna otra senda por donde continuar caminando, sin tener claridad alguna, ni comprensión, de hacia donde debía ir.
   El jinete, que había sufrido también grandes penurias sobre el lomo del animal cuando éste se debatía tratando de desprenderse de la fuerza oscura de la ciénaga, se acomodó nuevamente para continuar el viaje. Pero como no entendía el significado  verdadero de cabalgar, no se preocupaba de las riendas para dirigir a su bestia, dejándolas inertes, sueltas sobre el cuello del corcel.
      El caballo, sin la visión ni la dirección del jinete, se dedicaba a veces a comer algo de pasto que encontraba al lado de alguna roca o en lo alto de algún barranco. Como nadie lo dirigía, no se preocupaba del tiempo que perdía ni del destino del viaje. El jinete, por una extraña y misteriosa causa, no discernía;  soportaba estoicamente las decisiones del caballo y pasaba largas horas con el sol golpeándole con despiadado calor, su espalda, su cabeza, su cuello y, además, con el hambre y la sed carcomiéndole las entrañas. Se distraía pensando, recordando, rescatando imágenes agradables del pasado. Las que ya habían muerto, pero que él sentía como vivas. Miraba pasar los buitres volando sobre su cabeza y pensaba que eran adorables, con sus vibrantes plumajes oscuros recortados ante un telón azul profundo de cielo. Guardaría también esas imágenes para transformarlas en un interesante relato cuando encontrara a alguien dispuesto a escucharlo.  Aunque, en realidad, aquellos pájaros carroñeros esperaban el momento en que el jinete se desplomara a tierra, desfallecido de  hambre, sed y debilidad. Esperaban  que se transformara pronto en blando cadáver, para poder alimentarse de su carne.
           Cuando el caballo subió sobre un barranco de rocas para engullir las hojas de un arbusto espinoso,  divisó de repente un camino muy transitado al medio de un desfiladero profundo en la lejanía. Después de comerse todas las hojas de la planta, bajó del barranco rocoso y se dirigió decididamente hacia el camino recién descubierto. Sólo entonces, el jinete también lo vio. Pensó en otros caminos que había visto anteriormente, en otros momentos de su viaje, y le pareció que era un camino seguro, por el cual él  también podría transitar y llegar a algún destino que le iba a satisfacer alcanzarlo.  Al cabo de un rato, el caballo comenzó a divagar, pues el camino no era un lugar plácido, espacioso. Muy pronto se encontraron en medio de mucho movimiento, de otros viajeros que se dirigían a muchos lugares por el mismo y por nuevos caminos, que iban surgiendo cada cierta distancia.
               Entraron a un pueblo que se llamaba Angustia, del que por poco no pudieron salir, pues estaba inmerso en una espesa niebla y nadie sabía allí por donde andar y a cada instante se golpeaban la frente con paredes invisibles.  Sin mucha claridad, el caballo se alejó de este y  de todos los pueblos  a los que entraban. Eran casi siempre brumosos, hostiles o abandonados. Muchas veces la cabalgata cruzaba páramos agrestes y desiertos calcinantes. El hombre, cada vez pensaba más firmemente cómo podría lograr que el caballo atinara a ir por algún lugar nuevo, que le  deparara un mejor pasar, y hasta se imaginaba que era cierto que existía aquel pueblo magnífico que alguien le dijo que estaba demasiado lejos y era demasiado difícil llegar a él. Un pueblo antiguo que se llamaba Paz, pero él no sabía el verdadero modo de cabalgar, de ser jinete, y nunca llegaba donde  tanto deseaba estar.
       El caballo, en cierto momento y, casi al final de un camino incierto, se detuvo, indeciso, sin saber qué dirección tomar, pues varios otros caminos surgían de un mismo punto, finalmente se detuvo, giró pesadamente su cabeza y con enormes ojos oscuros y brillantes de desesperación miró al hombre que pasivamente ocupaba su lomo.  Tal fue la magnitud de su incertidumbre que no pudo seguir andando  y se echó sobre la tierra caliente del camino. Al cabo de algunas horas, el hombre se asustó verdaderamente, ya que el caballo parecía que se iba a morir y él no se atrevía a bajarse de su montura para enfrentar solo las enormes distancias que debía recorrer. La situación se tornó crítica cuando uno de los buitres  atacó decididamente a su caballo. El carroñero, parándose sobre sus ancas, comenzó a darle de picotazos, arrancándole algo de cuero y hasta trozos de carne. El hombre quiso espantar al buitre, pero se percató que casi no tenía fuerza en sus brazos y no logró un movimiento suficiente para asustar al ave. En eso, otros buitres se acercaron volando hacia ellos con sigilo, pero a una alarmante velocidad. Otro de los buitres se posó sobre su espalda y de un picotazo feroz le arrancó parte de la piel del cuello. El dolor que sintió no fue tan grande como el sentimiento extraño que lo envolvió cuando se dio cuenta que a su lado había un letrero con el nombre del próximo pueblo. Se llamaba “Podredumbre”. Entonces, comprendió instantáneamente todo su padecimiento y la situación absurda y peligrosa en la que se encontraba.  Su brazo derecho todavía poseía algo de energía y pudo aferrar con fuerza las riendas de su caballo, mientras que con la mano izquierda daba un fuerte empujón al buitre que se había posado en su espalda. El caballo, por primera vez percibió  que una fuerza inteligente surgía de su jinete y se enderezó. Una corriente de energía llegó hasta su corazón y dio un relincho agudo que se fue rebotando por las paredes de los acantilados, al tiempo que se paraba de un salto. Con la cola espantó al buitre antes que diera otro picotazo en sus ancas y esperó con entusiasmo que su jinete le indicara qué hacer. El jinete, percibió a su vez la nueva fuerza que nacía de su caballo, mientras sus ojos cansados y polvorientos comenzaban a buscar nuevos derroteros.  Se limpió los ojos con el dorso de una mano y no tardó en encontrar una salida del estrecho camino y, tomando las riendas con sus dos manos, le ordenó a su caballo que cambiara el rumbo. Giró las riendas con determinación y se aventuró por un amplio desfiladero que no había visto hasta entonces.
       El caballo, de pronto, obedeciendo a su jinete que lo apuró, apretando los talones en sus costillas, se puso a galopar y luego a correr. El aire era más fresco al ir a mayor velocidad y el jinete y su corcel comenzaban por vez primera a disfrutar de una carrera alocada, vertiginosa, pero guiada por manos firmes esta vez. Pasaron de un salto unas rocas que anteriormente el caballo ni hubiese intentado pasar y siguieron corriendo, sin alcanzar a leer el texto de un letrero que anunciaba el nombre del siguiente pueblo.
    A partir del momento en que el hombre se había dado cuenta de su función como jinete, todo fue distinto. Descubría los mejores terrenos por donde avanzar y hacia allá dirigía su caballo. Reconocía las señales que le permitían hallar las vertientes de agua fresca sin dificultad alguna; podía observar como florecían las plantas; solía ver nacer avecillas en sus nidos; percibía las diferentes melodías del viento; se regocijaba cuando se encontraba con animales silvestres, con los que intercambiaba largas miradas de amistad. De pronto, se acordó del letrero que no había leído cuando pasaron galopando felices con su caballo. Al verlo, había creído que entrarían a otro pueblo, pero aconteció que ningún otro pueblo apareció en su viaje, tampoco caminos ni huellas. Había llegado a un territorio nuevo, donde todo surgía ante él con un  significado nuevo, maravilloso, porque estaba creándose en ese mismo instante.
      Los buitres, que habían quedado muy atrás, sorprendidos del cambio repentino  en la conducta de sus futuras fuentes de alimento,  habían tratado de seguirlos volando, pero cuando llegaron hasta el letrero que el jinete no había leído, se cansaron de seguirlos. Uno de ellos se posó sobre el letrero, que decía “Génesis”.

     El jinete, no tardó en percatarse que de pronto no tenía sentido ir por algún camino, ni deseaba ir a buscar otros pueblos por caminos difíciles. Percibió que ya no necesitaba seguir cabalgando en su agotado caballo. Tiró suavemente de las riendas, sólo para que el caballo supiera que debía detenerse. Se bajó ágilmente y se palpó ambas piernas, se sobó la mano en la que traía la rienda y se quedó mirando largo rato los ojos de su caballo.
-       Bueno, “Pensamiento” – le dijo el hombre al caballo-  ahora seguiremos solos nuestro destino, venga un abrazo y… ¡que te vaya bien!.
El caballo, que no entendía las palabras, sintió ese fuerte abrazo y entendió - a su manera- despidiéndose en silencio.


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