Un errante jinete y su corcel se
desplazan penosamente. El terreno es agreste. Sobre ellos una bandada de buitres los acecha. El
hombre, cansado, agobiado, tras haber
recorrido una larga ruta, no se había detenido a descansar realmente desde que
había salido del pueblo de Nacimiento, en el extremo del mundo. Su caballo no
había parado lo suficiente para recuperar energía. Habían recorrido muchos
pueblos y salido de ellos rápidamente, sin que nada significativo, ni alegría
alguna hubiese iluminado al jinete. Sin
embargo una vez, en un pueblo pintoresco llamado Infancia, había disfrutado mucho
del vivir, porque había allí frondosos árboles frutales, que daban grata
sombra, además de variados frutos, que él solía comer con regocijo. En la brisa
de Infancia, casi siempre flotaban risas,
y palabras melodiosas llegaban con frecuencia a sus oídos. Había también en
Infancia un arroyuelo que se llamaba Cariño, donde podía bañarse y refrescarse
cuando el aire del ambiente se tornaba seco y caluroso. Pero su caminata debía seguir; sentía eso, como
también sentía que todos los recuerdos de los pueblos que iba conociendo: las
añoranzas, las vivencias, bellas,
extrañas o ingratas, tenía que guardarlas en sus alforjas y seguir cabalgando.
Echaba mano a estas provisiones cuando le parecía que era importante
consumirlas, o solamente mirarlas, o darlas
a alguien como regalo.
Ahora, el caballo iba al paso, distraído,
el jinete no lo guiaba, su mente estaba atrapada por el sufrimiento y las vicisitudes
de una extraña cabalgata. Este día había sido especialmente difícil, ya que el
caballo, en un determinado momento, fue atraído por una pradera, que a la
distancia le pareció apetitosa, plena de abundantes hierbas frescas.
Ciertamente, encontraría también una vertiente de agua fresca, para saciar el hambre y la sed. De tal manera que, aunque
el jinete no intervino un ápice, el malogrado caballo, que había estado
resistiendo durante largo trayecto la falta de agua y alimento, echó a correr a
toda velocidad, entrando a la pradera como un bólido. Pero era una ilusión, un
error de percepción del agotado caballo. Lo que parecía un oasis de fresca y
verde hierba, resultó ser un extenso pantano, de aguas estancadas y fétidas,
donde el caballo pasó terribles sufrimientos para poder salir
una vez que se sumergió en él. Las alimañas ocultas bajo el lodo
hediondo le mordían las patas, y enormes y grotescas sanguijuelas le
succionaban la sangre, produciéndole un atroz padecimiento. Con un esfuerzo
agónico, el caballo finalmente se desprendió de esa oscura fuerza que le
tragaba su energía y que por poco lo aniquila. Entonces, el caballo buscó
alguna otra senda por donde continuar caminando, sin tener claridad alguna, ni
comprensión, de hacia donde debía ir.
El jinete, que había sufrido también grandes
penurias sobre el lomo del animal cuando éste se debatía tratando de
desprenderse de la fuerza oscura de la ciénaga, se acomodó nuevamente para
continuar el viaje. Pero como no entendía el significado verdadero de cabalgar, no se preocupaba de
las riendas para dirigir a su bestia, dejándolas inertes, sueltas sobre el
cuello del corcel.
El
caballo, sin la visión ni la dirección del jinete, se dedicaba a veces a comer
algo de pasto que encontraba al lado de alguna roca o en lo alto de algún
barranco. Como nadie lo dirigía, no se preocupaba del tiempo que perdía ni del
destino del viaje. El jinete, por una extraña y misteriosa causa, no discernía;
soportaba estoicamente las decisiones
del caballo y pasaba largas horas con el sol golpeándole con despiadado calor,
su espalda, su cabeza, su cuello y, además, con el hambre y la sed carcomiéndole
las entrañas. Se distraía pensando, recordando, rescatando imágenes agradables
del pasado. Las que ya habían muerto, pero que él sentía como vivas. Miraba
pasar los buitres volando sobre su cabeza y pensaba que eran adorables, con sus
vibrantes plumajes oscuros recortados ante un telón azul profundo de cielo. Guardaría
también esas imágenes para transformarlas en un interesante relato cuando
encontrara a alguien dispuesto a escucharlo. Aunque, en realidad, aquellos pájaros
carroñeros esperaban el momento en que el jinete se desplomara a tierra,
desfallecido de hambre, sed y debilidad.
Esperaban que se transformara pronto en
blando cadáver, para poder alimentarse de su carne.
Cuando el caballo subió sobre un barranco
de rocas para engullir las hojas de un arbusto espinoso, divisó de repente un camino muy transitado al
medio de un desfiladero profundo en la lejanía. Después de comerse todas las
hojas de la planta, bajó del barranco rocoso y se dirigió decididamente hacia
el camino recién descubierto. Sólo entonces, el jinete también lo vio. Pensó en
otros caminos que había visto anteriormente, en otros momentos de su viaje, y
le pareció que era un camino seguro, por el cual él también podría transitar y llegar a algún
destino que le iba a satisfacer alcanzarlo.
Al cabo de un rato, el caballo comenzó a divagar, pues el camino no era
un lugar plácido, espacioso. Muy pronto se encontraron en medio de mucho
movimiento, de otros viajeros que se dirigían a muchos lugares por el mismo y
por nuevos caminos, que iban surgiendo cada cierta distancia.
Entraron a un pueblo que se
llamaba Angustia, del que por poco no pudieron salir, pues estaba inmerso en
una espesa niebla y nadie sabía allí por donde andar y a cada instante se
golpeaban la frente con paredes invisibles. Sin mucha claridad, el caballo se alejó de
este y de todos los pueblos a los que entraban. Eran casi siempre
brumosos, hostiles o abandonados. Muchas veces la cabalgata cruzaba páramos
agrestes y desiertos calcinantes. El hombre, cada vez pensaba más firmemente
cómo podría lograr que el caballo atinara a ir por algún lugar nuevo, que
le deparara un mejor pasar, y hasta se
imaginaba que era cierto que existía aquel pueblo magnífico que alguien le dijo
que estaba demasiado lejos y era demasiado difícil llegar a él. Un pueblo
antiguo que se llamaba Paz, pero él no sabía el verdadero modo de cabalgar, de
ser jinete, y nunca llegaba donde tanto
deseaba estar.
El caballo, en cierto momento y, casi al
final de un camino incierto, se detuvo, indeciso, sin saber qué dirección
tomar, pues varios otros caminos surgían de un mismo punto, finalmente se detuvo,
giró pesadamente su cabeza y con enormes ojos oscuros y brillantes de
desesperación miró al hombre que pasivamente ocupaba su lomo. Tal fue la magnitud de su incertidumbre que
no pudo seguir andando y se echó sobre
la tierra caliente del camino. Al cabo de algunas horas, el hombre se asustó
verdaderamente, ya que el caballo parecía que se iba a morir y él no se atrevía
a bajarse de su montura para enfrentar solo las enormes distancias que debía
recorrer. La situación se tornó crítica cuando uno de los buitres atacó decididamente a su caballo. El
carroñero, parándose sobre sus ancas, comenzó a darle de picotazos,
arrancándole algo de cuero y hasta trozos de carne. El hombre quiso espantar al
buitre, pero se percató que casi no tenía fuerza en sus brazos y no logró un
movimiento suficiente para asustar al ave. En eso, otros buitres se acercaron
volando hacia ellos con sigilo, pero a una alarmante velocidad. Otro de los
buitres se posó sobre su espalda y de un picotazo feroz le arrancó parte de la
piel del cuello. El dolor que sintió no fue tan grande como el sentimiento
extraño que lo envolvió cuando se dio cuenta que a su lado había un letrero con
el nombre del próximo pueblo. Se llamaba “Podredumbre”. Entonces, comprendió
instantáneamente todo su padecimiento y la situación absurda y peligrosa en la
que se encontraba. Su brazo derecho
todavía poseía algo de energía y pudo aferrar con fuerza las riendas de su
caballo, mientras que con la mano izquierda daba un fuerte empujón al buitre
que se había posado en su espalda. El caballo, por primera vez percibió que una fuerza inteligente surgía de su jinete
y se enderezó. Una corriente de energía llegó hasta su corazón y dio un
relincho agudo que se fue rebotando por las paredes de los acantilados, al tiempo
que se paraba de un salto. Con la cola espantó al buitre antes que diera otro
picotazo en sus ancas y esperó con entusiasmo que su jinete le indicara qué
hacer. El jinete, percibió a su vez la nueva fuerza que nacía de su caballo,
mientras sus ojos cansados y polvorientos comenzaban a buscar nuevos
derroteros. Se limpió los ojos con el
dorso de una mano y no tardó en encontrar una salida del estrecho camino y,
tomando las riendas con sus dos manos, le ordenó a su caballo que cambiara el
rumbo. Giró las riendas con determinación y se aventuró por un amplio
desfiladero que no había visto hasta entonces.
El
caballo, de pronto, obedeciendo a su jinete que lo apuró, apretando los talones
en sus costillas, se puso a galopar y luego a correr. El aire era más fresco al
ir a mayor velocidad y el jinete y su corcel comenzaban por vez primera a
disfrutar de una carrera alocada, vertiginosa, pero guiada por manos firmes
esta vez. Pasaron de un salto unas rocas que anteriormente el caballo ni
hubiese intentado pasar y siguieron corriendo, sin alcanzar a leer el texto de
un letrero que anunciaba el nombre del siguiente pueblo.
A partir del momento en que el hombre se
había dado cuenta de su función como jinete, todo fue distinto. Descubría los
mejores terrenos por donde avanzar y hacia allá dirigía su caballo. Reconocía
las señales que le permitían hallar las vertientes de agua fresca sin
dificultad alguna; podía observar como florecían las plantas; solía ver nacer
avecillas en sus nidos; percibía las diferentes melodías del viento; se
regocijaba cuando se encontraba con animales silvestres, con los que
intercambiaba largas miradas de amistad. De pronto, se acordó del letrero que
no había leído cuando pasaron galopando felices con su caballo. Al verlo, había
creído que entrarían a otro pueblo, pero aconteció que ningún otro pueblo
apareció en su viaje, tampoco caminos ni huellas. Había llegado a un territorio
nuevo, donde todo surgía ante él con un
significado nuevo, maravilloso, porque estaba creándose en ese mismo
instante.
Los buitres, que habían quedado muy
atrás, sorprendidos del cambio repentino en la conducta de sus futuras fuentes de
alimento, habían tratado de seguirlos
volando, pero cuando llegaron hasta el letrero que el jinete no había leído, se
cansaron de seguirlos. Uno de ellos se posó sobre el letrero, que decía
“Génesis”.
El jinete, no tardó en percatarse que de
pronto no tenía sentido ir por algún camino, ni deseaba ir a buscar otros
pueblos por caminos difíciles. Percibió que ya no necesitaba seguir cabalgando
en su agotado caballo. Tiró suavemente de las riendas, sólo para que el caballo
supiera que debía detenerse. Se bajó ágilmente y se palpó ambas piernas, se
sobó la mano en la que traía la rienda y se quedó mirando largo rato los ojos
de su caballo.
-
Bueno, “Pensamiento” – le dijo el hombre al
caballo- ahora seguiremos solos nuestro
destino, venga un abrazo y… ¡que te vaya bien!.
El caballo, que no entendía
las palabras, sintió ese fuerte abrazo y entendió - a su manera- despidiéndose
en silencio.

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